A principios del año 1965, los enlaces sindicales de nuestra empresa, la Hispano Aviación de Sevilla, fuimos a realizar unas gestiones a Madrid. Terminadas éstas y a la caída de la tarde, Fernando Soto y el que suscribe nos acercamos al Café Gijón, conocido por ser un lugar frecuentado por artistas e intelectuales. Teníamos previsto conocer las Comisiones Obreras de Madrid y para ello, el Partido Comunista nos había facilitado el contacto con Julián Marcos, guionista y director de cine que iba a ser nuestro intermediario con las Comisiones Obreras madrileñas. Una vez en el Café Gijón, mediante algún tipo de señal como podía ser llevar en la mano una determinada revista y tener previamente una descripción de su físico e indumentaria, nos presentamos. Este tipo de cita era un sistema frecuente para organizar un contacto clandestino entre personas que no se conocían y dar cobertura natural en caso de que se produjese una detención policial.
Con Julián Marcos recorrimos Recoletos, la Gran Vía, después la Puerta del Sol, creo recordar que no muy lejos de esta plaza, se encontraba el “Círculo Manuel Mateos” a donde nos dirigimos. Era este un local social regentado por la Falange, y allí, en su primera planta, vimos por primera vez y en su salsa, una reunión numerosa de las CC.OO. de Madrid. Tenían sus reuniones en aquel local prestado, porque habían sido expulsados por la policía y los funcionarios verticalistas de los pasillos del sindicato. Igual que nos estaba pasando en numerosas ocasiones en Sevilla.
Cuando llegamos, la reunión estaba en plena ebullición. Alrededor de ciento cincuenta personas en pié pedían la palabra sucesivamente, dando su opinión sobre lo que allí se discutía. Dirigía la asamblea el que después se nos dio a conocer como Marcelino Camacho. Tras la discusión, hicieron las conclusiones y las votaron a mano alzada. Todo fue realizado con un desparpajo propio de una situación de libertades. Una vez concluida la reunión, Julián Marcos nos presentó a Marcelino Camacho y éste a Julián Ariza y a Nicolás Sartorius. Conocimos a José Hernando, que era Presidente del “Círculo Manuel Mateos” y a Ceferino Maeztu, ambos falangistas de izquierda. Más adelante también a Víctor Martínez Conde, Antonio Gallifa, Tranquilino Sánchez, Martino de Jugo... iniciadores e impulsores de aquel movimiento pujante conocido ya como las Comisiones Obreras.
Hablamos con todos ellos y le contamos nuestras vivencias, comprobando que había muchas coincidencias entre ambas experiencias, pero Marcelino apenas nos dejaba hablar y con mucha seguridad nos daba un discurso nuevo, de reivindicaciones sociales y de derechos y libertades para los trabajadores, así como de los cauces y esfuerzos que había que soportar para conseguirlos. Expresándose con mucha convicción y carisma.
Así es Marcelino.
Fernando y yo nos volvimos para Sevilla pletóricos y una vez en el patio del metal, transmitimos a nuestros compañeros esa experiencia contada a viva voz. A Julián Marcos nunca más lo he vuelto a ver.
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De todos es conocido el afán permanente de Marcelino Camacho por estar al día, porque no se le escapase ninguna noticia. De tal manera, que en ocasiones no se contentaba con leer el periódico que tuviese en sus manos, sino que si a su lado había otra persona leyendo un diario distinto, dejaba de ver el suyo y metía la cabeza en el de al lado. Tan persistente era su afición a leer la prensa que, en la cárcel de Carabanchel, cuando el 1001, nos reuníamos todos los presos políticos de nuestra comuna en una celda para saber de las noticias del día. Unos sentados en la cama, otros en el suelo, todos apretujados. Lógicamente, como nada más que entraba un periódico para los presos, había que leerlo en colectivo, y esto lo hacía Marcelino sentado en el váter de la celda, cuyo agujero se tapaba con una tabla.
El periódico que nos daban estaba censurado por la dirección de la cárcel, seguramente el cura, no les bastaba la censura con la que ya venía de la propia editorial. Así, las noticias más importantes para nosotros venían recortadas. A pesar de ello, Marcelino le sacaba jugo al resto. Era tan minucioso y exhaustivo que si te descuidabas se leía hasta las esquelas mortuorias. Uno de aquellos días, los presos más jóvenes nos pusimos de acuerdo y haciéndonos señas unos a otros, nos fuimos yendo con cuidado de la celda. Marcelino, de vez en cuando alzaba la vista y veía que la asistencia a la reunión iba disminuyendo, pero él seguía erre que erre. Al final sólo se quedó Juan Galdrán sentado en el suelo frente a él, porque no pudo escaparse, hubiera sido muy descarado. En un momento determinado, Marcelino volvió a alzar la vista y vio el panorama. No le importó, siguió leyendo el periódico hasta llegar a la última letra de la última página. Nosotros, que habíamos seguido estas escenas a través de la mirilla de la puerta de la celda, no parábamos de reírnos, pero al mismo tiempo, nos quedamos sorprendidos de su empeño. Ésa era su respuesta a nuestra broma.
Así también es Marcelino.
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El juicio del 1.001 se suspendió antes de empezar. Era el 20 de diciembre de 1973. Cuando nos llevaron a la sala del TOP donde se iba a desarrollar el juicio, ésta estaba aún casi vacía. Sólo los abogados defensores estaban en su sitio, quizás también el fiscal, el Sr. Riera, y algunos policías de la brigada social. A nosotros nos fueron sentando en la primera fila situada frente al estrado. Pasaba el tiempo y los miembros del tribunal no aparecían. Mientras tanto, nuestros abogados nos hacían señas tocándose las cejas con las manos, señalando el cuello...querían darnos algún mensaje que debía ser grave por las caras que tenían y la tensión que se mascaba en el ambiente. En algún momento llegamos a pensar que algo les había pasado a nuestras mujeres que debían estar a las puertas esperando para entrar. Al fin aparecieron los señores magistrados y el presidente, Francisco Mateu Canovés, que con gesto agresivo dijo a nuestros abogados algo así como: “Teniendo en cuenta las circunstancias, suspendemos la celebración del juicio”, y dirigiéndose a la policía armada les conminó: “Llévense a los acusados de vuelta a los calabozos”. Nos volvieron a poner las esposas y nos llevaron escaleras abajo, hasta el sótano, donde estaban situadas las celdas.
Una vez allí, en el silencio más absoluto, fueron llamando a los compañeros de Madrid para comunicarse con sus abogados defensores. No tardaron en volver, y de sopetón, nos dieron la noticia: Habían matado a Carrero Blanco. Nos quedamos mudos, no tanto porque sintiéramos su muerte, como por el aumento de inseguridad que nos proporcionaba: allí solos, en manos del enemigo. Para incrementar nuestra incertidumbre, nos informaron de que los ultras del régimen nos acusaban del suceso y se habían lanzado a la calle en manifestación pidiendo nuestras cabezas.
Esto nos preocupó bastante, pues los policías que nos custodiaban podían ser afines a los manifestantes. Sin pensarlo un minuto, nos pusimos a la tarea de tapar la puerta de la celda con las camas y colchones que encontramos, formando un parapeto que dificultase la entrada por si venían aquellos energúmenos.
En aquel momento tan tenso y sin esperarlo, Marcelino empezó a contarnos chistes. No recuerdo si tenían gracia o no, pues eso era lo de menos, la gracia estaba en oír al adusto de Marcelino contarlos, tan serio siempre. Esto era para nosotros todo un acontecimiento, y empezamos a reírnos con una risa contagiosa y nerviosa, surtiendo un efecto relajante en el grupo. No paró ahí la cosa, sino que fue capaz de empezar a remedar a Franco en lo que podía ser el discurso de fin de año dedicado a la muerte de su más fiel correligionario. Y lo cierto es que lo hacía bien, simulaba la misma voz de pito del dictador...Terminamos todos en el suelo con un ataque incontrolable de carcajadas. Se acabó la tensión y el miedo, aunque siguió quedándonos la preocupación.
Así también es Marcelino.
Después de un buen rato, y a pesar de que nuestros abogados pidieron la suspensión del juicio, el presidente Mateu Canovés, impuso su continuación durante tres días seguidos.
Sin embargo no podemos hablar de la vida de Marcelino sin hacer mención inevitable a Josefina: algo más que su compañera, con ser esto bastante. Mucho más que una gran mujer que está detrás de un gran hombre.
De carácter y luchadora infatigable, referencia inexcusable de la lucha por la libertad y al mismo tiempo compañera y amiga, siempre generosa y buena. Era capaz, en aquella época tenebrosa, de reírse con las cosas que le contaban las tres mujeres sevillanas del 1.001, Mari, Luz María y Carmen, y esto en aquel momento era como un bálsamo contra todas las penas.
Josefina, no necesita apellidos ni definición. Solo hay que decir...Josefina.
Eduardo Saborido
Sevilla, 21 de Septiembre de 2007
2 comentarios:
¿Cómo enseñar ideología a los jóvenes? La ideología ¿se enseña o se cuenta?... o tal vez ambas sean formas pedagógicamente necesarias de transmitir valores.
Ahora que uno va entrando en años, tengo la necesidad de no guardarme nada de lo aprendido,incluso de lo bueno.
Pero, después de haber tenido la oportunidad de escucharte en varias ocasiones, sobre todo en las reuniones informales a las puertas de algún congreso, contando chascarrillos de época con Manolo Verano, Juan Pérez, Juan Moreno y otros, sobre la vida partidaria, carcelaria, conspiratoria, y otras menos confesables (una vez te vi en televisión diciendo que lo que más echabas de menos en la carcel, era la semanasanta sevillana. No me lo creo) se me ocurre que deberíamos empezar por decirles a los jóvenes que una vez tuvimos libertad.... y esta vez es la otra. Y que antes de empezar a hablar de sindicalismo, de la historia del movimiento obrero, de los principìos inspiradores que catalizan los rasgos colectivos que aglutinan los intereses inherentes a toda sociedad, como la suma de las individualidades más heterogéneas y.....bla, bla, bla.., por qué no les hablamos de la libertad. Y digo yo, por qué no les cuentas tú el precio de la no libertad. Pero como sólo tu sabes contar las cosas. Háblales de los chistes de Marcelino en los calabozos de las Salesas, pero cuéntales que alguien decidía que se podía contar y qué no. Que alguien decidia lo que había que pensar, a quién habia que adorar, a qué había que rezar, que se podía leer y qué se hacía con los que se salían de los renglones oficiales. Cuéntales, de verdad, cómo pasó.
Los que hemos conocido a la generación que nos trajo la libertad, aún somos capaces de valorar su ausencia. Pero a los que no os han conocido, a los que solo estudiaron la dictadura en los libros de historia, pueden llegar a pensar que el fascismo murió con los fascistas de cabecera y que, quienes lo combatieron, desaparecieron con el final de la película.
Por eso, considero un deber y un derecho de mi generación que, para formar a los futuros dirigentes de la izquierda, para ser capaces de transmitir todo lo que uno lleva dentro- insisto, hasta lo bueno-, podamos contar con gente como tu. Llevarte, mostrarte y que te escuchen hablar.... de la libertad, de la que habeis protagonizado vosotros, no los que "oficialmente" nos muestra la Prego.
Háblales. Entre chascarrillos y anecdotas, háblales de LIBERTAD……. Y luego que aprendan a ser de izquierdas.
Machaco.
¿Cómo enseñar ideología a los jóvenes? La ideología ¿se enseña o se cuenta?... o tal vez ambas sean formas pedagógicamente necesarias de transmitir valores.
Ahora que uno va entrando en años, tengo la necesidad de no guardarme nada de lo aprendido,incluso de lo bueno.
Pero, después de haber tenido la oportunidad de escucharte en varias ocasiones, sobre todo en las reuniones informales a las puertas de algún congreso, contando chascarrillos de época con Manolo Verano, Juan Pérez, Juan Moreno y otros, sobre la vida partidaria, carcelaria, conspiratoria, y otras menos confesables (una vez te vi en televisión diciendo que lo que más echabas de menos en la carcel, era la semanasanta sevillana. No me lo creo) se me ocurre que deberíamos empezar por decirles a los jóvenes que una vez tuvimos libertad.... y esta vez es la otra. Y que antes de empezar a hablar de sindicalismo, de la historia del movimiento obrero, de los principìos inspiradores que catalizan los rasgos colectivos que aglutinan los intereses inherentes a toda sociedad, como la suma de las individualidades más heterogéneas y.....bla, bla, bla.., por qué no les hablamos de la libertad. Y digo yo, por qué no les cuentas tú el precio de la no libertad. Pero como sólo tu sabes contar las cosas. Háblales de los chistes de Marcelino en los calabozos de las Salesas, pero cuéntales que alguien decidía que se podía contar y qué no. Que alguien decidia lo que había que pensar, a quién habia que adorar, a qué había que rezar, que se podía leer y qué se hacía con los que se salían de los renglones oficiales. Cuéntales, de verdad, cómo pasó.
Los que hemos conocido a la generación que nos trajo la libertad, aún somos capaces de valorar su ausencia. Pero a los que no os han conocido, a los que solo estudiaron la dictadura en los libros de historia, pueden llegar a pensar que el fascismo murió con los fascistas de cabecera y que, quienes lo combatieron, desaparecieron con el final de la película.
Por eso, considero un deber y un derecho de mi generación que, para formar a los futuros dirigentes de la izquierda, para ser capaces de transmitir todo lo que uno lleva dentro- insisto, hasta lo bueno-, podamos contar con gente como tu. Llevarte, mostrarte y que te escuchen hablar.... de la libertad, de la que habeis protagonizado vosotros, no los que "oficialmente" nos muestra la Prego.
Háblales. Entre chascarrillos y anecdotas, háblales de LIBERTAD……. Y luego que aprendan a ser de izquierdas.
Machaco.
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