miércoles 22 de julio de 2009

BREVE RESEÑA DE UN PRIMERO DE MAYO EN SEVILLA: 1967





Enfilamos hacia la puerta de salida del Palacio Arzobispal. Habíamos asistido a una conferencia sobre el 1º de Mayo del presidente nacional de la HOAC, José Corbella.
El Delegado de la CNS Julián Calero había denegado la petición de asamblea en el salón de Actos del Duque realizada por el Pleno de la Sección Social del Metal para la conmemoración del 1º de mayo de ese año 1967. El sindicato vertical no estaba para esas cosas.
Convinimos con Julio García, Martos y Miguel Guillén, miembros de Vanguardia Obrera Católica y de CC.OO., en que esa Conferencia autorizada podía ser buena cobertura para que se concentrara la gente, después teníamos que ir en manifestación al Duque a pesar de la prohibición.
Al llegar a la puerta del Palacio Arzobispal nos paramos, toda la plaza de la Virgen de los Reyes estaba ocupada por un escuadrón de la policía armada en formación. La gente se fue agolpando, nadie se atrevía a salir. Pasaron segundos que parecían siglos. Fernando Soto me preguntó: -¿Eduardo, qué hacemos?. Nos miramos, miramos a los compañeros de las primeras filas y empezamos a caminar lentamente saliendo a la calle, todo el mundo nos siguió.
Nos encaminamos hacia la calle Alemanes, seríamos unos cuantos centenares de trabajadores, la Pirenaica diría que miles, muchos de ellos, héroes de entonces quedarán en el anonimato. Apenas recorrido unas decenas de metros ya empezamos a sentir gritos y carreras por la cola de la manifestación. A nuestras espaldas, la policía había empezado a dispersar con sus porras.
En la esquina de Hernando Colón, Fernando, como siempre con aquella serenidad que lo caracterizaba en los momentos conflictivos me dijo: - Eduardo mira para atrás, cada vez somos menos. Efectivamente, miré y quedarían apenas un centenar de manifestantes. Pero nosotros no podíamos correr, esa era la consigna de entonces: teníamos que aguantar para dar confianza a los demás, conquistar el derecho de manifestación practicándolo y no rehuyendo a la policía aunque nos temblaran las piernas.
Llegamos a la Avenida y otro pelotón de la policía nos vino de frentes para cortarnos el paso, como pudimos los sorteamos y erguidos y empeñados seguimos adelante. Mientras, la gente corriente en un día de fiesta iban por las aceras con el periódico bajo el brazo y nos miraban apenas de soslayo acelerando el paso. Cuando Llegamos al final de la Avenida, en la esquina al Ayuntamiento los vi a lo lejos saliendo de la calle Sierpes a la plaza de S. Francisco, ya sin los palcos de la Semana Santa, eran los de la Social: Colinas, Beltrán, Soriano y compañía, se lo dije a Fernando:

- Ya están ahí los de la social, vienen a por nosotros.
La policía nos desvió hacia el Banco de España y nosotros empecinados, erre que erre, volvimos nuestros pasos hacia la Plaza Nueva camino del Duque que era nuestro objetivo. En esa rebullina que se formó de policías armadas y manifestantes, oí un chasquido seco. A mi lado un oficial con cara de pocos amigos al grito de: ¡Venga, coño, dispersaos¡ le había pegado una patada en la espinilla con su bota militar a Valentín Corvillo, obrero de CASA y de CCOO (más tarde del Polo Químico de Huelva), que iba codo a codo en la primera fila a nuestro lado. Creí que le había partido la pierna, pero este compañero aguantó el tirón y aunque cojeando y con la cara pálida, siguió en su cometido. En ese momento ya sólo quedaríamos en pie unos 8 o 10 manifestantes.
No dimos muchos pasos más y en la misma esquina del Ayuntamiento Colinas y Beltrán se nos echaron encima como energúmenos, las manos a la espalda, nos esposaron y ordenaron a la armada: ¡A estos dos individuos meterlos en el furgón¡
Ya en comisaría nos enteramos que los manifestantes dispersados se reagruparon en sucesivas ocasiones y organizaron en múltiples lugares del casco histórico manifestaciones gritando por la libertad y trayendo en jaque a los llamados fuerzas del orden. Hubo veintitantas detenciones. Se había incorporado a la lucha una nueva generación de trabajadores que traían un desparpajo hasta entonces desconocido.
Después de pasar por la comisaría y tras los tres días de interrogatorios vejatorios y acusarnos de sediciosos y de cometer actos ilegales contra el régimen, nos pasaron al Juzgado y a la cárcel provincial de Sevilla, procesados y, más adelante, condenados por el TOP.
Las familias, esposas e hijos pequeños, quedaban una vez más solos...
Eduardo Saborido. Marzo, 2007